Memoria del sector ·

Ellas también hicieron el milagro

Las fotos del milagro de Almería enseñan invernaderos, camiones y tomates. Casi nunca enseñan las manos que lo hicieron posible. Esta es la historia de esas manos, y empieza con las tuyas.

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Lo que haces cada mañana en la cinta tiene más de cien años. Antes que tú lo hicieron otras mujeres de las que casi nadie habla, y nos negamos a que sean olvidadas.

Esta mañana

Esta mañana has fichado. Te has puesto los guantes, has ocupado tu sitio en la cinta y has empezado a hacer lo de siempre: mirar, elegir, apartar lo que no sirve, clasificar lo que sí. Lo haces tan rápido que ya ni lo piensas. A una chica nueva le cuesta semanas cogerle el ritmo. A ti te sale solo.

Eso que haces sin pensar tiene más de cien años. Antes que tú puede que lo hiciese tu madre. Y antes que ella, otras mujeres de las que nadie habla.

Esta es su historia. También es la tuya.

La que estuvo antes que tú

Durante el siglo XIX y buena parte del XX, Almería vivió de una uva que viajaba en barco: la uva de Ohanes, la «uva del barco». Se cultivaba en los parrales del Andarax y de la Alpujarra y se mandaba a Inglaterra, a Alemania o a Estados Unidos. Para que aguantara semanas de travesía había que prepararla una a una.

Barcazas cargadas de barriles de uva junto a dos vapores en el puerto de Almería
Barcazas con barriles de uva de Ohanes junto a los vapores, en el puerto de Almería. Postal de Isidro García Sempere, 1908. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

Ese trabajo era de las mujeres. Con unas tijeras quitaban los granos dañados de cada racimo, y después lo colocaban en barriles de madera, entre capas de serrín de corcho que lo protegían de los golpes. Las llamaban limpiadoras, repasadoras, emporronadoras, envasadoras y embarriladoras. A aquello se le llamaba el «arte de embarrilar», y era un arte de verdad.

Una veintena de mujeres sentadas en el suelo limpian racimos de uva entre cajas y barriles, con algunos hombres de pie detrás
Mujeres limpiando racimos entre cajas y barriles. Postal «Almería, Faena de la uva». L. S. P., hacia 1910. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

En un estudio de la Universidad de Almería sobre la uva aparece una foto de 1905: mujeres limpiando el fruto antes de envasarlo, en el cortijo de los Paniagua, en Terque, el pueblo que hoy guarda el Museo de la Uva del Barco. Fíjate en lo que hacen: lo mismo que tú. Mirar, decidir rápido, apartar lo malo y preparar lo bueno para que llegue entero a una mesa a miles de kilómetros. Si hubieran nacido ochenta años después, las llamaríamos envasadoras.

Almacén con barriles de uva y racimos expuestos, y varios hombres con traje y sombrero
Así llegaba la uva al otro lado del mar: almacén de uva de Ohanes de la casa R. Espinar Garrido en Liverpool. Postal de Victoriano Lucas, 1908. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

La foto guarda sus caras y su ropa. No guarda sus nombres.

Cobraban menos, y lo sabían

A ellas les pagaban menos que a los hombres. ¿Te suena? Los historiadores de la uva almeriense lo recogen como una brecha salarial que acompañó a todo aquel negocio. Y la ley de entonces, que ya en 1900 prohibía trabajar antes de los diez años, limitaba la jornada a once horas y daba a las madres tres semanas de descanso tras el parto, muchas veces no se cumplía.

Tú sabes lo que es mirar la nómina a final de mes y dudar si ha merecido la pena tanto esfuerzo para tan poco dinero. Ellas también.

Y aun así, aquel jornal era suyo. Con él una muchacha se compraba algo de ropa o se pagaba sus cosas sin pedírselo a nadie. Puede que, la primera vez que tuvo ese dinero en la mano, se sintiera un poco más libre, en unos tiempos en los que esa palabra, para las mujeres, tenía más de anhelo que de significado.

Mujeres sentadas limpian uva sobre cajas y barriles a la sombra; en primer plano, una joven con delantal sostiene un racimo
Limpiadoras de uva en plena faena, con los barriles listos para el embarque. Postal «Almería, Faena uvera». Postal de Isidro García Sempere, 1908. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

Libertad

A finales de junio de 1911, en Huércal de Almería, las limpiadoras y embarriladoras de uva hicieron algo que todavía hoy da miedo en muchos almacenes: se juntaron.

Fundaron la Sociedad Obrera Femenil de Limpiadoras y Embarriladoras de Uva y demás faenas del campo de Huércal. Era una sociedad de resistencia, lo más parecido a un sindicato que podían tener. Su reglamento, que se conserva en el Archivo Histórico Provincial de Almería, dice en su primer artículo que su objetivo era «el mejoramiento económico y moral de sus asociadas». Querían cobrar mejor, frenar los abusos en las jornadas y ayudarse entre ellas. Faltaban veinte años para que en España se reconociera el voto a las mujeres.

Y le pusieron un nombre.

Libertad.

Se reunían todos los domingos. Pagaban una cuota de 25 céntimos al mes, y su reglamento les permitía no pagarla en los meses en que no había faena, porque la uva, como hoy la campaña, no daba trabajo todo el año. Organizaban también actos para instruirse, porque muchas no sabían leer. En el acta de su primera reunión se llamaron a sí mismas «individuas»: una palabra que, según la historiadora que estudió el documento, muestra que aquellas obreras del campo ya tenían conciencia de ser mujeres trabajadoras.

No estaban solas. En Pechina se fundó «La Fraternidad»; en Viator, «La Justicia», que en 1919 tenía 349 asociadas; en Benahadux, «El Progreso»; y en la Cañada de San Urbano, «La Decidida». Aquel 1 de mayo de 1911, una gran manifestación con banderas, banda de música y orfeón recorrió Pechina, Huércal y Viator.

Y aguantaron. En 1932 «Libertad» seguía viva: el 5 de agosto de ese año renovó su directiva.

Más de cien años después, si estás leyendo esto es porque alguien volvió a hacer lo mismo que ellas. S.O.S. Envasadoras existe porque un día una compañera, Elena María Vargas, decidió que necesitábamos un lugar donde contarnos lo que ocurre en los almacenes, compartir nuestras experiencias y apoyarnos. Porque comprendió que muchas de las cosas que nos pasan no nos ocurren solo a nosotras, y que juntas podemos hacer mucho más que por separado.

Elena no conoció a Dolores, ni a María, ni a Teresa. Pero hay algo que las une a través de más de un siglo: ninguna quiso resignarse a que las trabajadoras afrontaran sus problemas solas. Quizá sea esa la herencia más importante que nos dejaron.

Cuando llegó el plástico

Durante generaciones, de Almería se emigraba. Éramos nosotros quienes hacíamos las maletas y nos marchábamos lejos buscando oportunidades. ¿Quién no tiene algún familiar que tuvo que irse?

Luego llegó el plástico. En 1963, el Instituto Nacional de Colonización levantó en Roquetas de Mar un pequeño invernadero experimental, de palos y alambre como los parrales de la uva y cubierto de polietileno. La cosecha se multiplicó. Lo que vino después cambió para siempre la vida de miles de familias:

Vista desde el espacio del Campo de Dalías: una gran mancha blanca de invernaderos entre la sierra y el mar
El mar de plástico del Campo de Dalías visto desde la Estación Espacial Internacional. NASA, 2004. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
Hectáreas de invernadero en la provincia de Almería
AñoHectáreas
19630,01
19711.114
19763.440
19828.900
199118.000
199628.000

Todo ese tomate, ese pimiento y ese pepino había que mirarlo, clasificarlo y meterlo en cajas antes de que se estropeara. Para eso hicieron falta almacenes. Y para los almacenes, miles de mujeres.

Nave de un almacén hortofrutícola vista desde arriba, con líneas de manipulado, cajas azules y palés
Las líneas de manipulado de un gran almacén de El Ejido, en mayo de 2020. Foto: Junta de Andalucía, 2020 (recortada). CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons.

Hay un dato que sorprende. En 1976, el convenio interprovincial del manipulado y empaquetado de hortalizas pagaba lo mismo, 10.350 pesetas al mes, al «envasador, seleccionador, empaquetador» y al «mozo o peón», con una jornada máxima de 44 horas a la semana. La diferencia entre envasadoras y mozos llegó después, y costó años y un juicio corregirla: en una sentencia que se conoció en 2019, el Juzgado de lo Social n.º 1 de Almería condenó a una empresa por pagar menos a las envasadoras que a los mozos, cuando la Inspección de Trabajo había constatado que pertenecían al mismo grupo profesional.

Para muchas, entrar en el almacén significó poder llevar un sueldo a casa. Algunas empezaron siendo muy jóvenes. Otras llegaron después de años dedicadas a criar a sus hijos. Allí hicieron amigas para toda la vida y aprendieron un oficio del que podían sentirse orgullosas.

Pero aquella oportunidad también tuvo un precio. La hora de salida la decidía el género que entrara. Las jornadas podían alargarse hasta la noche, y el cuerpo acababa pagando las consecuencias: pies doloridos, espaldas castigadas, manos entumecidas y muñecas hinchadas después de horas repitiendo los mismos movimientos.

Y al llegar a casa, el trabajo no terminaba. La comida, la ropa, los niños, los abuelos. El cansancio de la campaña no se quedaba en la puerta de la nave: se iba con ellas a la cocina y se levantaba con ellas a la mañana siguiente.

Si eres de El Ejido, de Vícar, de Roquetas, de La Mojonera o de Níjar, seguramente has visto algo de esto en tu casa o en la de tus vecinas. Una madre que llegaba de noche con los pies destrozados y todavía encontraba fuerzas para preparar la cena. Una mujer que, después de toda una vida trabajando, llegó a la jubilación y descubrió que su espalda no iba a dejarla disfrutar del descanso que tanto le había costado ganarse.

Y quizá hoy esa mujer seas tú. Porque han cambiado los almacenes, las máquinas y las cajas, pero hay cansancios que se han ido heredando de una generación a otra.

Hay algo que deberíamos recordar siempre: se puede estar orgullosa de un oficio y saber, a la vez, que lo que se aguantó no debió aguantarse nunca.

«Niñas»

En 2001, una trabajadora llamada Rosa le contó a El País cómo era su almacén. Llevaba en los almacenes desde los dieciséis años. Le gustaba su trabajo. Lo que no soportaba era al encargado, que les metía prisa a gritos y las llamaba «niñas». En su almacén no se podía hablar en la línea y había que fichar hasta para ir al baño.

Rosa había sido delegada sindical, y lo que más le preocupaba eran las jóvenes: que se acostumbraran, que acabaran creyendo que aquel trato era normal. Porque pocas cosas son tan crueles como conseguir que una trabajadora deje de reconocer su propia dignidad.

Rosa lo resumía en una frase: «Se gana dinero porque se echan muchas horas». Nueve, diez, doce horas cuando apretaba la campaña. Pero cada hora de más en aquella nave era una hora menos en casa.

Han pasado veinticinco años. Todavía hay compañeras que cuentan gritos, humillaciones y problemas hasta para ir al baño. Rosa seguramente reconocería demasiadas cosas.

Durante años se nos ha hecho creer que hay trabajos de primera y de segunda. Que la que está en una oficina vale más que la que está en la cinta. Que si llevas mandil, cobras por horas y acabas el día reventada, tienes que dar las gracias y no quejarte si te faltan al respeto. A fuerza de oírlo, hay compañeras que se lo han terminado creyendo.

Es mentira. Lo que haces es un oficio, aunque nadie te haya dado un título por él. Y si alguna vez te han hecho sentir que lo tuyo no tiene importancia, recuerda la pandemia: cuando buena parte del país tuvo que quedarse en casa, las trabajadoras y trabajadores del manipulado seguimos yendo a los almacenes, porque los alimentos tenían que seguir llegando a las tiendas. Cuando el mundo se detuvo, nuestro trabajo no podía detenerse.

Una envasadora con mascarilla, gafas, gorro y guantes coloca melones en una línea de manipulado
Mayo de 2020: con mascarilla y guantes, en plena pandemia, la línea no paró. Foto: Junta de Andalucía, 2020 (recortada). CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons.

Mercedes no se llama Mercedes

En 2017 tuvo que esconder su verdadero nombre para poder contarle a Público lo que le estaba pasando. Llevaba diecisiete años en el almacén. «Yo llego y no sé dónde me incorporo», contaba: cada día la cambiaban de sitio. «Si falto preguntan, si quiero ir al baño o si bebo agua.» Aquella vigilancia la llevó a un colapso. Después de tantos años había llegado a algo que nadie debería sentir: estar «deseando que llegue la hora de salida».

Pero hay algo en su historia que duele especialmente. Ella misma creía que parte de aquel trato venía de haber protestado cuando veía que maltrataban a otras compañeras. Mercedes no solo había levantado la voz por ella. También lo había hecho por las demás.

Seguramente has conocido a alguna Mercedes. Esa compañera a la que empiezan a cambiar de sitio, a la que le gritan delante de todas, a la que hacen sentir que estorba porque un día se atrevió a decir que algo no estaba bien. La vemos. A veces queremos intervenir, pero no nos atrevemos, por miedo a que mañana nos toque a nosotras, a que no nos vuelvan a llamar, a perder un sueldo del que depende nuestra familia.

Y ese miedo consigue algo terrible: que una mujer pueda estar rodeada de compañeras y sentirse completamente sola.

Hay heridas que no dejan moratones y que no aparecen en los partes de accidente. Hace más de cien años, las embarriladoras de Huércal comprendieron algo que todavía necesitamos recordar: una trabajadora aislada puede tener mucho miedo, pero cuando las compañeras se unen, ese miedo deja de tener tanto poder.

Nenes llavero

En diciembre de 2020, tres envasadoras almerienses, Ana Ruiz, Amparo Martínez y Adela Pérez, contaron a elDiario.es lo que miles de mujeres llevaban años viviendo en silencio.

«¿Sabes lo que es levantarte todos los días a las 6 de la mañana y llegar a tu casa a las 9 o 10 de la noche?», preguntaba Ana. De lunes a sábado. «Y el domingo es para lavar la ropa, guisar y limpiar la casa.» Amparo lo resumía en una frase que cualquiera del sector entiende: «Se sabe a qué hora se entra, pero no a la que se sale». Adela hacía malabares para cuidar de su suegro, enfermo de alzhéimer.

Ana tenía un nombre para los hijos pequeños de las trabajadoras, los que se quedaban al cuidado de los abuelos, de algún familiar o de una vecina mientras sus madres seguían en el almacén: «nenes llavero».

Piensa en lo que significa para una madre marcharse cada mañana cuando sus hijos todavía duermen, darles un beso intentando no despertarlos, trabajar todo el día deseando volver y, cuando por fin llega, encontrarlos otra vez dormidos. Y así un día, y otro, una campaña tras otra.

A aquellos niños no les faltaba amor. A sus madres les faltaba tiempo. Y demasiado a menudo ni siquiera podían decidir sobre él.

Aquel diciembre, CCOO y UGT convocaron huelga en el manipulado en plenas Navidades, con el convenio bloqueado desde 2018, en un sector de unas 25.000 trabajadoras en la provincia. Reclamaban mejores salarios, estabilidad y unos horarios que permitieran organizar la vida. No pedían ningún lujo: querían saber cuándo volverían a casa, atender a sus padres cuando envejecieran y disfrutar de sus hijos mientras eran pequeños.

La negociación siguió con la mediación del SERCLA, y en septiembre de 2021 se firmó un nuevo convenio. No se resolvió todo, pero quedó demostrado que las reivindicaciones colectivas pueden conseguir cambios. Y antes, en 2016, la amenaza de una huelga indefinida ya había logrado bajar la jornada ordinaria de 50 a 48 horas semanales y abrir la puerta a reducirla a 45 para conciliar.

Porque una hora más en el almacén puede convertirse en una hora más de salario. Pero una hora de la infancia de tu hijo que te has perdido no te la devuelve ninguna nómina.

Las que llegaron de lejos

Hay madres que ni siquiera pueden darles a sus hijos ese beso de buenas noches, porque sus hijos están en otro país.

Durante generaciones, Almería fue una tierra de la que había que marcharse. Nuestros abuelos hicieron las maletas hacia Cataluña, Francia o Alemania. Años después, otras personas empezaron a hacer ese mismo viaje en dirección contraria.

Una de ellas es Rafika. Llegó desde Marruecos para trabajar en los almacenes agrícolas de Níjar. En abril de 2025 llevaba tres años viviendo en una chabola en el asentamiento de Atochares. Trabajaba hasta doce horas al día recogiendo y tratando frutas y verduras, pero no le llegaba para alquilar una casa. «Lo que más miedo me da es la lluvia», le contó a El Salto, en una chabola con cables colgando.

Su hija, de doce años, había vivido allí con ella, hasta que se volvió a Marruecos porque no podía vivir así. «No he podido conseguir nada mejor», explicaba Rafika.

A pocos kilómetros, en Campohermoso, otra mujer llevaba más de veinte años trabajando en los almacenes. «Vivimos tres personas en una cochera, mis hijos y yo», contaba. «No nos quieren.» Y una frase que lo dice todo: «Yo vine aquí joven y ahora soy vieja».

Quizá la compañera que tienes al lado en la cinta haya vivido algo parecido. Puede que lleve años sin abrazar a su madre o que tenga hijos lejos. Y quizá en tu propia familia haya alguien que hizo esa misma maleta, con miedo y con la esperanza de encontrar una oportunidad.

Cuando contemos la historia de las mujeres que levantaron el manipulado almeriense, también tendremos que recordar a las que llegaron de lejos. Ellas también dejaron parte de su vida en esta tierra.

Tomateras altas cargadas de tomate cherry rojo dentro de un invernadero
Tomate cherry en un invernadero cerca de Los Albaricoques, en Níjar, el municipio donde vive Rafika. Foto: Schumi4ever, 2014. CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.

Lo que nos toca dejar

Piensa en tu familia. Puede que tu bisabuela limpiara uva para los barcos. Que tu abuela entrara en un almacén siendo casi una niña. Que tu madre pasara veinte campañas sacándoos adelante. O que vuestra historia empezara en otro país, y que la mujer que hizo las maletas fuera tu madre, o tú misma.

Una mujer que ha pasado treinta años envasando tomates no ha tenido una vida más pequeña que otra que ha trabajado treinta años en un despacho. Algunas plantaron cara a las injusticias. Otras tuvieron demasiado miedo de perder su empleo. Y muchas apenas pudieron hacer otra cosa que trabajar para sobrevivir. Todas merecen el mismo respeto.

Tampoco queremos recordarlas solo por lo que sufrieron. También están las amigas que hicieron en el almacén, las risas entre cajas, la alegría de aquella primera nómina y las compañeras que se ayudaban cuando alguna lo necesitaba. Porque allí no solo se trabajaba. También se vivía.

Muchas de nuestras madres y abuelas nunca escucharon a nadie decir que estaba orgulloso de su trabajo. Así que, aunque para algunas llegue tarde, queremos decirlo aquí: tu trabajo vale. El de tu madre valía. El de tu abuela, también.

Y queremos darles las gracias. Por cada vez que se juntaron para reclamar un salario mejor. Por cada compañera que se atrevió a denunciar un abuso. Por las que fueron a juicio, por las que hicieron huelga y por las que, aun teniendo miedo, encontraron fuerzas para apoyar a las demás. No consiguieron todo lo que merecían, pero nos demostraron que las cosas podían cambiar, y que los derechos que hoy tenemos no aparecieron por arte de magia.

En 1911, unas limpiadoras y embarriladoras de Huércal de Almería decidieron unirse para defenderse, y eligieron una palabra que todavía hoy emociona. Más de cien años después seguimos teniendo mucho por lo que luchar. Desde S.O.S. Envasadoras y Mozos Hortofrutícolas de Almería queremos recoger esa herencia: conservar las historias de quienes estuvieron antes, aprender de sus luchas y seguir defendiendo un oficio del que nadie debería avergonzarse.

Si todavía tienes a tu madre o a tu abuela contigo, siéntate un día a escucharla. Pregúntale cómo era su primer almacén, cómo eran sus compañeras, qué fue lo más difícil y qué recuerda todavía con una sonrisa. Si quieres, compártelo con nosotras: queremos contar también lo que consiguieron, no solo lo que tuvieron que soportar.

Y cuando dentro de cien años una trabajadora pueda cobrar un salario justo, volver a casa a tiempo de ver crecer a sus hijos y levantar la voz sin miedo a perder su empleo, ojalá sepa que hubo otras mujeres antes que ella que lucharon para hacerlo posible. Quizá no recuerde nuestros nombres. Pero ojalá, alguna vez, piense en las que estuvieron antes y diga: «Gracias. Gracias por luchar para que nosotras pudiéramos vivir mejor».

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Documentación y fuentes

Las primeras trabajadoras

Del invernadero al almacén

El manipulado de hoy

Las fotografías proceden de Wikimedia Commons: las postales de principios del siglo XX y la imagen de la NASA son de dominio público, y las actuales se publican con licencia libre Creative Commons, citando a su autor. Las personas que aparecen en las fotos actuales no son las que se nombran en el texto. Los nombres, cifras y frases entre comillas proceden de estas fuentes. Mercedes es un nombre ficticio, como en el reportaje original. Las escenas familiares son generales y no se refieren a personas concretas. No se ha inventado ninguna declaración. Si conservas fotos, documentos o recuerdos de aquellas mujeres, o encuentras un error, escríbenos.